La «Casa de los Portales» fue el nombre que se le dio a la primera vivienda que ocupó el solar del hoy parque de «Doña Sinforosa». Aquella casa fue construida, a principios del siglo XX, por la familia Ayuso, con una especie de grada con siete portales, que se adentraban en la playa del Acequión.

A finales de la década de los veinte, fue vendida a Antonio Gómez, exportador de frutas de Abarán, que, junto su esposa doña Sinforosa Moreno Covos, natural de Madrid, renovaron la edificación con unos pabellones de una planta baja, en la que, pasado el recibidor, destacaba el llamado «Salón Sevilla», luminoso y siempre lleno de invitados, junto a la cocina, que siempre estaba llena de trajín, criadas con cofias y delantales blancos. Al chalet le pusieron de nombre «Villa Gómez», pero los torrevejenses la rebautizaron con el nombre de su dueña «Doña Sinforosa».

Hacia el año 1935, aproximadamente, estándose excavando un pozo para la obtención de agua, brotó petróleo del subsuelo sin que llegara aquel «yacimiento» a ser productivo. Durante la Guerra Civil, la finca y edificios fueron utilizados como «Hospital de Sangre del Socorro Rojo Internacional», regido por los médicos Manuel García Ramos y Juan Pacheco Fuentes; estando dotado con doscientas camas, acogiendo a heridos de los frentes que previamente habían sido tratados en hospitales de campaña, pasando en el chalet el periodo de convalecencia y recuperación. Un bombardeo de la aviación franquista acaecido en la noche del 5 al 6 de marzo de 1939 afectó ligeramente a uno de los pabellones de la vivienda, aunque milagrosamente no hubieron víctimas.

Al término de la guerras, el maestro albañil Antonio Castejón, (a) el Rata, levantó una planta superior al chalet, y siguió conservando los portales originales que daban acceso a la playa, conocido por «Los Portalicos». Disponía en la arena casetas de madera para cambiarse al salir del baño. La idea de la grandeza del lugar nos la daba un jardín con exuberantes pinos y eucaliptos y en donde había una gran pajarera repleta de aves exóticas y una pista para jugar al tenis. Una tercera construcción contigua a la carretera de Cartagena –hoy avenida de Gregorio Marañón- fue utilizada de garaje, almacenes y habitaciones para el servicio. Allí se guardaba el coche familiar que conducía y cuidaba un chófer.

La familia Gómez, Antonio y Sinforosa, pasaban muchas temporadas en Torrevieja. En la parte trasera de la casa, en otro edificio se levantaron viviendas, en donde hasta no hace muchos años estuvo el restaurante «El Pescador», lugar en donde en verano se alojaban sus sobrinos murcianos: las familias Oñate-Gómez, Villar-Gómez, y Martínez-Torregrosa. En total unos quince niños, más los padres que pasaban allí el verano allí en compañía de la anfitriona doña Sinforosa, persona amable y desprendida que, aunque el matrimonio no la había dado hijos, siempre solía tener a numerosos invitados y familiares, convocándolos a su mesa, en la hora de comer, por medio de los toques de campana que hacía sonar una de sus criadas. Doña Sinforosa permitía a la chiquillería de la Torrevieja ir a sus jardines, convirtiéndose el lugar donde merendar los jueves de Carnaval y los días de Pascua bajo la sombra de los grandes árboles, eucaliptos y pinos, que aún hoy permanecen en el parque. En la mañana del domingo, 19 de noviembre de 1950, procedente de Madrid, llegó a Murcia el ilustre doctor Gregorio Marañón, salió para Torrevieja, acompañado por el doctor Gallego, almorzando en el chalet de Antonio Gómez Gómez, realizando visita médica a doña Sinforosa, que se encontraba en delicado estado de salud. Por la tarde, tras reconfortarla, el ilustre médico visitó las salinas, y regresó a Murcia, desde donde emprendió el regreso a Madrid. Quien le iba a decir entonces que aquella avenida, entonces carretera hacia Cartagena, pasados los años, llevaría su nombre: Avenida Gregorio Marañón.

Doña Sinforosa víctima de una larga y dolorosa enfermedad, el 29 de noviembre de 1950, en la villa de Torrevieja, dejó de existir a los 68 años. Por su trato afable y por la generosidad de su corazón, gozó de generales simpatías y afectos en la ciudad. Su muerte produjo un profundo sentimiento de pesar a cuantas personas habían tenido la suerte de gozar de la amistad y de su trato caritativo. Expresión sincera fue la pena que produjo el acto del entierro, en la tarde del 30 de noviembre, desde la iglesia al cementerio, concurriendo un enorme gentío de Torrevieja, de muchas localidades murcianas, así como representaciones de organismos, entidades, banca y particulares que se unieron al dolor de la familia, descansando sus restos en el panteón familiar del cementerio de la ciudad salinera. En la mañana del martes, 5 de diciembre, en la iglesia parroquial, se celebró una misa-funeral muy concurrida en sufragio por su eterno descanso. Al día siguiente se celebró otro acto religioso en la parroquia de El Carmen de Murcia, asistiendo numerosísimas amistades de la finada y su familia.

Poco después, Antonio Gómez se arruinó al perder todos los frutales en una helada que afectó a la principal finca de su propiedad denominada «Cañada de la Cruz», en el término municipal Moratalla, lindando con las provincias de Granada y Albacete, al pie de Revolcadores, mirando hacia el campo de Caravaca. Quedó en la más absoluta necesidad, conservando su casa de Torrevieja, en donde murió a la edad de 83 años, el 17 de octubre de 1964.

Hoy queda el parque que lleva su nombre: «Doña Sinforosa» con los árboles centenarios de lo que fue el jardín de su casa, ahora puestos en suspense ante la edificación del complejo de torres al que parece que llamarán «Sinforosa». El tratamiento de «Doña», indicador de respeto usado antepuesto al nombre propio de la persona puede que esté en peligro de desaparecer así como un tramo de la calle que hoy lleva su nombre.