Opinión | 360 grados

Se hace poco a poco la luz sobre los acuerdos de Minsk

Archivo - La excanciller alemana, Angela Merkel

Archivo - La excanciller alemana, Angela Merkel / ULRICH STAMM / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO

Gracias a las sorprendentes revelaciones de algunos destacados ex políticos se va haciendo la luz sobre los frustrados acuerdos de Minsk que se presentaron como un último intento de resolver por medios diplomáticos el conflicto ucraniano.

La principal revelación es sin duda la que hizo recientemente la ex canciller alemana Angela Merkel, según la cual aquellos acuerdos negociados en la capital bielorrusa fueron solo una estratagema para ganar tiempo y permitir armarse a Ucrania.

Digo sorprendente porque todo el mundo creía hasta ahora que los gobiernos que los negociaron – Francia y Alemania junto a los dos países enfrentados: Rusia y Ucrania- lo habían hecho de buena fe, y, al decir de Merkel, ello no fue así, al menos por parte de Occidente.

Los acuerdos preveían una nueva constitución que tendría como elemento principal la descentralización de Ucrania con un estatus especial para las áreas de Donetsk y Lugansk.

En esas áreas de mayoría rusófona habría derecho a la autodeterminación lingüística y a la participación de los órganos locales de autogobierno en el nombramiento de los fiscales y presidentes de los tribunales locales.

Fracasados aquellos acuerdos sobre todo por supuestas presiones tanto de Londres como de Washington, que no habían participado en su negociación, el Gobierno de Kiev no ha procedido a ninguna reforma constitucional sino que ha negado la autonomía y los derechos lingüísticos a esos territorios.

Otra importante revelación es la del ex jefe del Gobierno italiano Matteo Renzi de que en una reunión económica en la que participó, en noviembre de 2014, junto a Angela Merkel, al jefe del Estado francés, François Hollande, y al entonces presidente ucraniano Petró Poroshenko, se habló de una solución para Ucrania similar a la de la región italiana del Alto Adigio, conocida en alemán como el Tirol del Sur.

Liberada al final de la Segunda Guerra Mundial de su anexión por el Tercer Reich, esa región fue objeto de un acuerdo negociado en 1946 entre Italia y Austria que le otorgó amplia autonomía: el alemán y el italiano se convirtieron en idiomas oficiales y se autorizó de nuevo la educación en lengua alemana.

Tras nuevas tensiones entre los dos países vecinos, con actividades incluso de tipo terrorista por parte de grupos separatistas de habla alemana, se acordó en 1972 un nuevo estatuto para la región que obligaba a dirimir cualquier disputa en la Corte Internacional de Justicia.

Según el relato que hizo Renzi de aquella reunión de líderes europeos en la capital tailandesa, el presidente ruso, Vladimir Putin, se mostró dispuesto a estudiar para Ucrania una solución similar a la que había resuelto el conflicto italo-austriaco, algo que rechazó, sin embargo, su homólogo ucraniano, Poroshenko.

Que Ucrania se estaba preparando para una guerra con Rusia lo demuestran también las revelaciones en el diario The Times de la presencia en territorio de aquel país desde un mes antes de que estallara el conflicto de marines de una unidad especial británica llegados expresamente desde Noruega.

El Gobierno de Moscú ha acusado a los británicos de llevar a cabo acciones militares contra Rusia y más concretamente contra su flota del Mar Negro, que tiene su base en Sebastopol, es decir en la anexionada península de Crimea.

El autor de esas revelaciones, el ex comandante del cuerpo de elite británico Robert Magowan, se refirió a “operaciones de alto riesgo político y militar”, aunque sin concretar.