Opinión

Sencillo como paloma

Aunque muchos ya lo conocían, por su papel destacado en la teología y en la vida de la Iglesia de las últimas décadas del siglo XX, Joseph Ratzinger se asomó, tímido y casi ruborizado, la tarde del 19 de abril de 2005, al balcón central de la basílica vaticana de San Pedro, para saludar al mundo entero, como el nuevo Papa Benedicto XVI. Se presentó a todos recordando las palabras de su Maestro, Jesús, como un “siervo y humilde trabajador de la viña del Señor” (cf. Lc 17,7-10). Una definición que encajaba también con la recomendación que el Galileo daba a sus discípulos cuando los enviaba como “ovejas en medio de lobos” : les suplicaba que fueran “astutos como serpientes y mansos o sencillos como palomas” (cf. Mat 10,16).

A veces toca ser serpiente, y otras, paloma. El nuevo Papa prefería lo segundo: ser sencillo como paloma. Esa había sido su opción durante toda la vida. Hombre habituado al estudio, había dedicado la mayor parte de su tiempo a la investigación y al pensamiento. Con ello, había acostumbrado su espíritu a la lógica de la razón y a la elocuencia de la palabra. Se hallaba lejos así de cualquier tiranía impuesta por la intriga o la adulación del entorno. Su alma era libre, obediente tan solo al dictado de la verdad, como rezaba su propio lema episcopal: “Cooperadores de la verdad” (cf. 3 Jn 1,8). Sabía que ella era la auténtica fuerza que el alma humana tiene para alzarse y lograr progresos. Eso es lo que buscaba y así lo predicaba.

Antes de ser elegido Papa, como Cardenal, predicó en su pueblo natal (Marktl) de Baviera, con ocasión de los 140 años de la parroquia donde había sido bautizado. Sirviéndose de una leyenda popular, la paloma y el gato, compara la fe con el vuelo de las palomas. Dice: La paloma fue creada originariamente sin alas; lo tenía difícil, y entonces se quejó al creador y le dijo: ‘No has sido generoso conmigo, llevo mi gran peso sobre patas muy pequeñas con las que solo puedo andar dando pasos muy cortos y, además, estoy desarmada. Por el contrario, el gato es vivo y ágil, tiene garras y dientes afilados, irremediablemente soy su presa’. Dijo el creador: ‘Tienes razón, tengo que hacer algo por ti, te daré alas’. Pero la paloma no sabía qué eran las alas y qué se hace con ellas, y así, después de un corto tiempo, volvió despotricando y quejándose con más fuerza y dijo: ‘He empeorado, mi peso es mayor y, ahora, soy presa más fácil del gato’. Entonces el creador le dijo: ‘Eres un animal estúpido, las alas no están ahí para que las lleves, sino que te llevan a ti; no son una carga, sino todo lo contrario, la fuerza que empuja hacia arriba’. Ahora entendió la paloma no solo que podía burlarse del gato, sino también, con gran alegría, volar por el alto cielo”.

La moraleja de la fábula radica para Ratzinger en que, si tomamos la fe únicamente como una carga, entonces, obviamente, no puede hacernos felices. Pero cuando empezamos a vivirla realmente y, a movernos en ella, entonces ya no es una carga, sino fuerza, alas que nos elevan. El Papa Benedicto XVI ha preferido ser una paloma sensata, hábil, que ha vivido la fe no como una carga estúpida, sino como una oportunidad para alzarse y volar. Esta ha sido su gran lección, como profesor y pastor. Ha preferido la mansedumbre a la astucia: ser sencillo como paloma. Y así ha salido del mundo y ha volado a la casa del Padre.