Opinión | El teleadicto

Luz en la oscuridad

Carles Porta no falla. Cómo domina el true crime en su formato documental. Las cadenas se lo rifan, y después del exitazo de Crims en TV3, que se repuso que enorme repercusión doblado al castellano en Movistar, ahora es esta plataforma la que ha estrenado su nueva serie, Luz en la oscuridad.

El formato es idéntico al de Crims. Producido por The True Factory y Goroka (los de Página 2), cada historia es introducida por el propio Carles Porta sentado junto a su antigua máquina de escribir. A partir de ahí comienza a narrarnos una historia real, tratando de aportar, como hizo desde el primer día, llum a la foscor.

Adentrarse en esa Luz en la oscuridad supone todo un viaje apasionante para el espectador. Quien firma estas líneas está saboreando las cuatro entregas de que consta esta primera temporada como de lo que son, verdadero caviar televisivo. Espero que sea medianoche, apago las luces, y me dejo mecer por los meandros del relato.

Por el momento hemos podido disfrutar a la vez que angustiarnos con las historias de Daniela, Dulce y Bella y El niño pintor. Es mejor desconocer datos acerca de sus desenlaces cuando el espectador se enfrenta a ellas, aunque tampoco importa tener nociones de los sucesos abordados para permanecer atrapado a la pantalla.

Dada la prolija documentación mostrada en el caso de la desaparición del niño pintor de Málaga, en 1987, justo el mismo día en que la Reina Sofía inauguró en la ciudad la rehabilitación del Teatro Cervantes, se nos permite conocer de primera mano la ciudad de hace 35 años, y cómo ha mudado su piel. Sus autobuses urbanos nos parecen prehistóricos, como sus paseos, aceras y mobiliario urbano. Es la riqueza colateral que aporta Luz en la oscuridad.