Opinión | Tribuna
Menofluencers

Consejos de la especialista para sobrellevar mejor la menopausia. / Freepik
Sorprendentemente, hablar sobre la menopausia está de moda. Ya ven ustedes: un tema que era un tabú como la copa de un pino hasta antes de ayer, ahora lo abordan sin tapujos médicas, psicólogas, cómicas, actrices y todo tipo de personajes públicos. Tienen hasta un nombre: menofluencers. Todo mujeres, eso sí, que todavía no somos tan modernos en este país como para que los varones se sientan cómodos opinando sobre algo tan intrínsecamente femenino. Y eso que son la otra mitad de la población a la que le afecta, aunque sea indirectamente.
Ahí tienen a la despampanante Sofía Vergara lamentándose de lo poco que duerme por su culpa. Mucho más cerca, a nuestra palmera favorita, Petite Lorena, contándonos en clave de humor cada uno de sus síntomas. Y al otro lado del charco, hasta la primera dama, Michelle Obama, se propuso durante el mandato de su marido romper el estigma que la ha perseguido a lo largo de la historia visibilizándola todo lo que pudo. Y esos son sólo algunos de los muchos ejemplos que podría dar de entre tantas divulgadoras de salud y expertas médicas, influencers de estilo de vida y bienestar o creadoras de contenido que se han apuntado al carro del reciente fenómeno, si se le puede llamar así.
Lo cierto es que la menopausia ha dejado de ser un secreto a voces, un proceso vergonzoso, una conversación mantenida en susurros en círculos muy íntimos, e incluso existe una página web del Ministerio de Sanidad que ofrece pautas y consejos para afrontarla. Hablemos de menopausia, se llama, por si les apetece echarle un ojo.
Hablemos, pues.
No es que mi madre me contara mucho sobre ella. Por aquel entonces era progre educar a tus hijos sobre sexo, pero nadie dijo nada del momento en que se acaba casi por completo tu producción de estrógenos, colágeno y dopamina. Ahí es nada. Eso no era importante. Qué va. Había que prepararte para ser mujer, para ser independiente o para ser mamá, pero nadie decía nada de lo que pasaba después de todo esto, aunque ese después abarque, en la mayoría de los casos, más de una cuarta parte de la vida de las que tuvimos la suerte, o no, de nacer con el doble cromosoma X.
Así que ahí estamos nosotras, disfrutando de que ya hemos demostrado todo lo que había que demostrar, de nuestra sexualidad ya aceptada, con los chiquillos casi criados, de la costosa asunción de nuestras imperfecciones, y de repente, un día, empiezas a tener insoportables sofocos, menstruaciones irregulares, insomnio, sequedad en la piel, baja libido y un popurrí de síntomas tan variopintos como desagradables. Y la cosa no acaba más que empezar.
Así te tiras unos años. Cuatro. Cinco. A veces incluso más. Hasta que finalmente tu menstruación deja de hacer acto de presencia y se te empieza a considerar oficialmente una señora mayor. Menopáusica en el sentido más peyorativo. Y todo eso rondando los cincuenta. Cuando aún te quedan, con suerte y mucho autocuidado, una media de otros veinte o treinta años de vida. Y ahí estás tú, sin casi ganas de mantener relaciones sexuales, con la piel hecha un estropajo de los verdes, llorando por los rincones sin motivo aparente y, lo peor de todo, con la certeza de que tu vida va a ser así a partir de ahora. Qué maravilla.
Pero no es tan fiero el león como lo pintan, porque la menopausia también tiene un aspecto maravilloso y es que es una verdadera liberación. Porque una vez te acostumbras a la nueva situación y haces un acto de resiliencia voluntario, ya no eres una esclava de la estética de la juventud ni tienes las fluctuaciones hormonales de todos los meses con sus muchos altibajos anímicos y eso, señores míos, es un verdadero lujo para quienes entienda que, sencillamente y como cantaba Pablo Milanés, el tiempo pasa. Y parafraseando al carismático Mick Jagger, esto está muy bien, teniendo en cuenta cuál es la alternativa.
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