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MÚSICA

Mítica, poética y filosofía del rock

Pablo Huerga une los componentes ideológicos, históricos y musicales en una consistente teoría sobre el género y se adentra en sus mismas entrañas

David Gilmour (Pink Floyd)durante un concierto en Chile.

David Gilmour (Pink Floyd)durante un concierto en Chile.

Welcome to the Machine toma el título de una conocida canción de Pink Floyd. Los buenos rockeros tienen con esto la primera clave para adivinar los entresijos del libro. El resto ha de leer el subtítulo y la contraportada: «rock y filosofía, poética de la máquina y el ruido». Todo algo enigmático. Después procede consultar el índice y habrá quienes se asusten, pero harán seguramente mal, pues las ciento y pico páginas que siguen fluyen ágilmente y no decepcionan en absoluto. En momentos puntuales, una dosis de ideas arquitectónicas llega a verse necesaria, si seguimos al autor en su propósito de alcanzar en lo posible una teoría, un diagnóstico vigoroso. En conjunto, Pablo Huerga ha logrado algo que es muy difícil, sintetizar sus finos análisis (especializados, por tanto) con un estilo transparente capaz de conectar directamente con el lector –que no tiene por qué ser ni melómano ni filósofo–. Incluso los más alejados de toda mitificación musicológica, los más imperturbables, descubrirán dimensiones profundas y sorprendentes, si mantienen alguna inclinación por la música y si quieren entender qué nos pasa a través de ella.

La primera página nos anuncia que entramos en una narración épica. Un recuerdo juvenil, con trasfondo paterno, nos sitúa ante un autor que no va a hablarnos de lo que sabe de memoria, sino de algo a la vez intensamente vivido y conocido. Después sigue todo un torrente de análisis maravillosos, muchos interesantes, divertidos a veces, en un hilo conductor que in crescendo nos mantiene alerta. Hasta las últimas páginas donde, con todo el aluvión anterior y con las herramientas adecuadas del taller filosófico elegido, nos ofrece una teoría poderosa sobre qué lugar ocupa el rock en la poética y en la música.

El libro mantiene también varias tensiones dramáticas. Una muy particular es el pulso filosófico que han de echar maestro y discípulo: Pablo Huerga frente a Gustavo Bueno (1924-2016). Para Huerga, «los músicos de rock han sido como la saga de los dioses del Olimpo», pero, para don Gustavo, el rock es una «música degenerada, hecha para la fiesta tribal, para la orgía latría», una música que sin las convulsiones y el baile pierde su esencia. El célebre creador del materialismo filosófico no es el único; también Mario Bunge (1919-2020) mantiene que «el rock es la música de quien no tiene oído musical; es la cultura del ruido, la barbarie electrónica». La interpretación de Pablo Huerga será finalmente tan poderosa que podrá justificar en qué sentido sí tienen razón tanto el filósofo de Oviedo como el argentino. Y no solo por pura coincidencia generacional con Frank Sinatra, quien también opinaba que «el rock and roll era una falsedad, tocada y cantada por cretinos».

Cómo ha sido posible que «el ruido se convierta en música» es la tesis a analizar y para esto se alinea con posturas estéticas como las de Theodor Adorno (1903-1969), para quien «la tarea actual del arte consiste en introducir el caos dentro del orden», y sintoniza con el futurismo de Luigi Russolo (manifiesto de El arte de los ruidos) y con el rupturismo del compositor John Cage, defensor de la música no estándar. Hay, en este desbordamiento de la música culta-clásica-académica, raíces de reciente aparición histórica –el ruido de las máquinas que nos inunda civilizatoriamente, y aquí Karl Bücher, con su teoría sobre la relación entre el trabajo y la música, y Karl Marx, con su teoría de la «Máquina», le servirán de gran ayuda–, pero para nuestro filósofo astur-leonés también hay raíces de largo recorrido, pues desde tiempos inmemoriales la función de la poética ha sido poner en duda los fundamentos de la sociedad. Y en este punto se recuerdan las prevenciones que Platón tomó contra los poetas-músicos en su República ideal o la crítica de Eurípides a los mitos de su tiempo, aquellos que afianzaban los falsos credos de las masas. Ahora es Marcel Detienne (1935-2019) quien corrobora en sus estudios helenísticos que la música y la poesía son mediadores que remiten extrañamente a otros niveles de realidad.

El rocanrol tiene que ver con dar cumplimiento a la terna de sexo-drogas y…, y tiene que ver con una segunda revolución industrial imparable, eléctrica y electrónica, que comporta masificación, consumismo y hombres-máquinas, pero también, por lo mismo, tiene que ver, en palabras de Jacques Attali (1943) con «calmar la ausencia de sentido del mundo» y, por lo tanto, con los actos de rebeldía contra este sistema social opresivo, contra el Estado, la familia, la autoridad, los tabúes y la tradición biempensante. Y vemos cómo se apoya en el individualismo liberal anarquizante y en actitudes disolventes y rebeldes, aunque a todas luces el rockero pretende, más que ser un revolucionario, ser dueño de ese pequeño territorio estético propio: «Mi rollo es el rock», insistentemente mostrado por Pablo Huerga.

Y todo esto se nos cuenta con exquisita sensibilidad compositiva, como ya he dicho, subiéndose a El muro (1979) de Pink Floyd, obra cumbre del rock, y de la mano de una multitud de autores: Elvis, Jimi Hendrix, Beatles, Deep Purple, Stones, Queen, AC/DC, Emerson, Lake & Palmer, U2, Metallica, Bee Gees, entre una nómina interminable, y entre los españoles: Asfalto, Triana, Barón Rojo y un largo etcétera.

¿Y es esto todo? No, estos son algunos de sus materiales, ahora atropelladamente mencionados por mí. El libro mantiene un argumento que no cesa, en un movimiento amplio propio de quien domina el terreno que pisa, y va construyendo una arquitectura estable de ideas y al plegar la última página asistimos al cierre de una teoría, construida en el taller del materialismo filosófico, frente a su maestro, pero, sin duda, mucho más aún: apoyado en su maestro.

¿Qué echo yo de menos? Que esa poética tan bien diseñada desde las operaciones del «cuerpo externo» –donde la batería, el órgano y la guitarra eléctrica marcan sus leyes– se complete con la que opera en el «cuerpo interno». No creo que haya solo que intuirlo oscuramente –a través de todo lo que resuena estéticamente–, sino que hay que intentar representarlo. Tarea que corre el peligro de volverse metafísica, ya lo sé, y por eso se elude.

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