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Ciencia ficción

Michel Nieva, el nuevo prodigio de la literatura que imagina cómo será el mundo cuando se derritan los glaciares

"La ciencia ficción tiene la capacidad de fagocitar un montón de expresiones culturales que la gran literatura descarta al considerarlas inferiores"

El escritor Michel Nieva. EPC

El protagonista de 'La infancia del mundo' es el niño dengue, un niño mosquito. La aventura circular de ese humano con fisonomía de insecto gigante es el corazón del nuevo libro del argentino Michel Nieva (Buenos Aires, 1988), elegido en 2021 por la revista Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español. Se trata de una novela de ciencia ficción tan inclasificable como ambiciosa, imaginativa y afilada. Única en su manera de cruzar distintas expresiones culturales, explosiva en su forma de hablar de la violencia, la geografía y el cuerpo, y con un sentido del humor abrumador, La infancia del mundo imagina un futuro atroz en el que desembocan los grandes males del pasado y del presente, los que se extienden como un virus. Hablamos con Michel Nieva.

¿Cuál fue el gran desafío de La infancia del mundo?

Cómo narrar grandes tiempos, temporalidades no humanas, que la novela, especialmente la novela moderna, nunca consideró. La novela moderna está acostumbrada a narrar temporalidades que suelen ser de un individuo o una familia, ¿qué pasa con las de un planeta o un virus? 

¿Cómo lo ha hecho? 

Al ser un género menor, la ciencia ficción tiene la capacidad de fagocitar un montón de expresiones culturales que la gran literatura descarta al considerarlas inferiores como los videojuegos o el manga. El origen de la novela, por ejemplo, es un mapa especulativo de cómo será la Tierra cuando se derritan los glaciares. En el libro también hay un videojuego que transcurre en el siglo XIX.

Es estimulante cómo incorpora el lenguaje de los videojuegos.

Uno de los grandes temas del libro es la infancia, y quería pensar cómo una etapa de la vida que es puro futuro puede existir en un contexto en el que se considera que el futuro está devastado. 

Es interesante cómo cruza cuerpo y tecnología, cómo aborda el terror corporal.

Quería pensar cómo el cuerpo, mediante las tecnologías, accede a placeres o afecciones corporales de maneras novedosas. Y quería expresar eso a partir del horror corporal porque, hoy, la experiencia del cuerpo mediado con la tecnología ya no es realista, es virtual. 

Hay en su libro una voluntad clara de desactivar las estéticas heredadas.

La capacidad de imaginar el futuro es política, y no es casualidad que casi todas las narraciones que tenemos de lo que va a ser el futuro sean de Norteamérica o de grandes imperios. Es algo político imaginar otro tipo de futuro que no sean los que vienen del norte.

Aunque en 'La infancia del mundo' aborda usted muchos temas, el cambio climático está en el centro.

Quería hablar del cambio climático como un fenómeno político que es producto de la depredación capitalista del ambiente, especialmente del sur global del mundo. Un historiador que me gusta mucho, Jason W. Moore, dice que el capitalismo en realidad no surge en las fábricas en Inglaterra sino que surge en la conquista de América y, digamos, en la movilización de la esclavitud de África occidental hacia América y el exterminio indígena. Eso lleva a pensar el cambio climático como una historia colonial y capitalista que depredó el mundo.

¿Por qué la literatura contemporánea recurre a la ciencia ficción para contar el presente?

Vivimos en una época en la que, de manera cada vez más evidente, el capitalismo y las corporaciones narran sus productos y los estetizan a partir de imaginarios de ciencia ficción. Por ejemplo, Mark Zuckerberg toma la idea del metaverso de las novelas cyberpunk de William Gibson. O Elon Musk, que lee las novelas de la terraformación marciana de Kim Stanley Robinson para pensar los ambientes que quiere construir en Marte. Eso pone a quien escribe ciencia ficción en la responsabilidad de participar de esa estetización de la mercancía capitalista o tomar una postura más crítica. 

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