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Hércules CF: El futuro perdido por el callejón de Santiago

Radiografía de la última década del Hércules con los hechos puntuales que jalonaron el camino y precipitaron su caída y descenso a la cuarta categoría a las puertas de su centenario

Enrique Ortiz y su socio,
Juan Carlos Ramírez, en el
palco del estadio.  alex domínguez | MANUEL R. SALA

Enrique Ortiz y su socio, Juan Carlos Ramírez, en el palco del estadio. alex domínguez | MANUEL R. SALA pedro rojas

Aquel mes de noviembre, la historia del Hércules comenzó a escribirse con renglones torcidos. Nadie pedía el regreso del propietario, pero la vertiente familiar, personificada en su hija mayor, Laura Ortiz –desplazada por voluntad propia a Canarias para seguir a su pareja, Javier Portillo, futbolista que había abandonado Alicante para continuar con su carrera en Las Palmas– llevaba tiempo abonando el terreno. Pese a ello, nada hacía presagiar que en ese invierno de 2011 se encadenarían una serie de decisiones que provocarían el hundimiento del club alicantino en el subsuelo del fútbol español, borrando por completo el camino de lo que pudo ser una bonita historia en el último tramo hacia el centenario.

Para entender el estado actual del Hércules, recién descendido a la cuarta categoría, para imaginar lo que pudo ser y no fue, hay que remontarse una década atrás. En 2011, tras un frustrante descenso de Primera, Enrique Ortiz optó por apartarse de la dirección del club y ceder el testigo a Perfecto Palacio, imponiendo una sola condición: «Aquí tenéis la llave, pero que nadie me moleste ni me pida nada». Cerrada esa cesión de poderes tras una larga reunión en el barco del empresario, Palacio concretaba la contratación de Sergio Fernández como director deportivo para levantar un proyecto desde el naufragio. El leonés había dejado el Hércules un par de años antes, dolido por el incumplimiento en las condiciones pactadas para renovar, y había recalado en el Murcia, donde colgó las botas ese mismo año con un descenso. Mientras coleaba la decepción, encontró la confianza de Jesús Samper para incorporarse como secretario técnico en La Nueva Condomina, cargo que estrenó con éxito devolviendo a la entidad murciana al fútbol profesional a las primeras de cambio. Fue el directivo Juanjo Huerga, muñidor de la entrada de Perfecto en la dirección, quien señaló a Sergio en detrimento de Juan Sánchez, un exjugador del Valencia que se había colado en la agenda de candidatos. Y bastó una sola reunión con el leonés para que Palacio tomara una decisión: («Está claro, Sergio Fernández es el hombre»).

A partir de ahí se fue construyendo un proyecto ilusionante que no tardó en calar. El Hércules resurgía de sus cenizas con un inicio de competición electrizante, con el liderazgo en Segunda División desde el inicio de la competición y con un plan definido que basaba el futuro en una firme apuesta por la cantera.

La puesta en escena del nuevo proyecto –cuidada con exquisito mimo por Miguel Quintanilla, otro directivo incorporado a la causa– decoraba el proceso de cambio con detalles que no pasaron inadvertidos. De las colas al sol para que los aficionados adquirieran los abonos se pasó, alfombra por medio, al aire acondicionado del antepalco; las ruedas de prensa encontraron atractivo boato en la parte noble del Rico Pérez y, por encima de todo, se creó una estructura de fútbol formativo, con profesionales bien elegidos, que contó con una engalanada puesta de largo en los jardines del hotel Bonalba, confirmando un cambio radical en el funcionamiento de la entidad.

El arranque deportivo no se quedó atrás. Líder destacado durante el primer tercio de la Liga, el tino de Fernández volvía a ilusionar a una afición alicaída por el último descenso.

Sin embargo, no todos estaban a gusto con el nuevo diseño. Unas declaraciones de Palacio analizando la situación del momento («El enfermo ya no está en la UCI, descansa y mejora en planta») dieron pie a que Laura Ortiz, que ya barruntaba el regreso desde Canarias, azuzara el fuego para que su padre mostrara los dientes. Esa y otras chispas surgidas entre Palacio y Enrique Ortiz, que se vio ninguneado y desplazado de la ola de éxito, intensificaron el calor de las llamas hasta quemar la cuerda, que se rompió abruptamente con la salida de todos los miembros de la nueva junta directiva a excepción de Valentín Botella.

Lo que en ese momento Ortiz no podía sospechar era que la patada que estaba dando en el trasero de Palacio (y, meses después, en el de Sergio) acabaría depositándolos sobre la peana desde donde comenzaron a lucir como símbolos de culto de ese herculanismo que hace ocho días se echó a la calle.

Por ahí fue tomando forma el cauce de una carrera cuesta abajo y sin freno, que aumentó velocidad al finalizar la temporada al descabalgar a Fernández. Al técnico leonés, convencido seis meses antes para que no siguiera los pasos de la junta dimisionaria y, mediante promesas por escrito, permaneciera en su puesto, se le impuso en junio una condición para conservar el cargo: aceptar el regreso de Javier Portillo.

La «operación retorno», trabajada por el propio Ortiz durante semanas, llegó a contar con la aprobación de Sergio quien, a cambio de incluir al yerno en la futura plantilla, sopesó sus ventajas, entre ellas ver aumentada la aportación del dueño para mejorar la estructura del proyecto.

Sin embargo, el plan tomó un rumbo diametralmente opuesto. Finalizada la temporada, días después de que el Hércules cayera eliminado de la promoción de ascenso en Alcorcón, quien esto escribe escuchó en boca de Fernández, durante una breve conversación sobre la una de la tarde, su firme decisión de admitir la ficha de Portillo y continuar al frente de la parcela deportiva. Pero, sorprendentemente, sobre las seis de la tarde de ese mismo día, Fernández comunicaba a Ortiz lo contrario, es decir, que no aceptaba la incorporación de su yerno. La decisión obtuvo una respuesta inmediata: «Pues te tienes que ir tú».

¿Qué ocurrió durante esas cuatro horas que llevaron al leonés a cambiar de opinión? Una conversación durante el almuerzo en el restaurante One-One, un pequeño local en el callejón de Santiago, en pleno corazón de Alicante, a espaldas de la antigua sede de la CAM, con Sergio Fernández y Perfecto Palacio entre los comensales.

Al resentimiento generado meses antes por su salida, «Perfe» unía los efectos de una herida reciente, provocada por la última bomba de racimo lanzada desde, según se interpretó, el núcleo familiar de Ortiz, tan solo dos horas después de la eliminación de Alcorcón, partido al que asistió entre el público. A la conclusión de ese encuentro, mientras cenaba en un Vip cercano a la madrileña plaza de la República Argentina, el exdirectivo leía en redes sociales un hiriente tuit que menospreciaba su labor y le tildaba de «fracasado». El mensaje llegaba a través de una cuenta anónima (@herculana007), que tanto un nutrido grupo de seguidores como el hoy presidente alicantino de la CEV atribuyeron a Laura Ortiz. De hecho, el propio Palacio contestaba a la provocación a través del hilo de la misma red social: «Se te ha visto mucho el plumero, L.». La cuenta de @herculana007 únicamente registraba ese mensaje y no volvió a tener actividad nunca más.

El futuro perdido por el callejón de Santiago

El futuro perdido por el callejón de Santiago

La definitiva postura de Sergio, que en ese almuerzo cambió de opinión y decidió abandonar, dio un nuevo vuelco a la situación. La negativa a aceptar a Portillo –que hizo oídos sordos al clamor de un importante sector de la afición ante la inoportunidad de su incorporación– desató las hostilidades entre el leonés y Ortiz quien, lejos de propiciar el despido, optó por anular sus funciones y arrinconarle contratando a Jesús García Pitarch para ocupar su espacio.

Ese nuevo rumbo encontró, en primer lugar, una circunstancia adversa: Los 400.000 euros pactados en la nómina de Pitarch iban en detrimento de la inversión destinada a la plantilla, que se resintió perdiendo potencial hasta el punto de coquetear seriamente con un descenso a Segunda B. La preocupante marcha del equipo provocó el despido de Mandiá y la llegada de Quique Hernández, que rearmó el plantel en diciembre y alcanzó una permanencia que se daba por perdida.

Al final de esa temporada, Sergio quedaba desvinculado del Hércules y retomaba su carrera fuera de Alicante: primero en Éibar y después con el Alavés, en Primera División, donde, desde la dirección deportiva, no solo ha encadenado brillantes campañas que le han llevado a mantener la presencia en la máxima categoría, sino que también consiguió llegar a una final de la Copa del Rey. Curiosamente, en esa primera etapa en Vitoria, el leonés coincidió y mantuvo la confianza en el alicantino y exherculano Kiko Femenía, el otro yerno de Ortiz, cuya destacada aportación en el conjunto vitoriano no solo se rubricó con éxito, también le abrió las puertas de la Premier.

Por el contrario, en Alicante, Ortiz dilapidaba otra oportunidad. Salvado del descenso por obra y gracia de Quique Hernández, el máximo accionista daba otro volantazo privando de continuidad a la base del equipo que le había salvado de la quema tras la reestructuración de diciembre. Reacio a afrontar proyectos sin un socio con el que repartir los gastos, dio entrada a Quique Pina, un mercader del balompié patrio con intereses en varios clubes, al que no le pesaba, al menos en lo que al Hércules respecta, colocar un diente en el hueco de una muela en función de su beneficio. De este nuevo invento ya no se salvó nadie, el equipo descendía a Segunda B dos años después de estar en Primera, iniciando otra calamitosa etapa con un nuevo socio, Juan Carlos Ramírez, un empresario vasco al que la providencia dotó de cierta fortuna, pero ninguna virtud para dirigir una institución de esa naturaleza.

Y en esas han pasado los últimos siete años, con más lágrimas que sonrisas, hasta desembocar en el último descenso, probablemente en el año en que menos lo mereció al depositar su confianza en Carmelo del Pozo, un profesional que llegaba con el plácet mayoritario de la afición.

Demasiado tiempo en la cuerda floja bordeando el abismo ha arrojado al Hércules a la cuarta categoría en la temporada de la reestructuración de Segunda B, si bien hay quien ve justicia poética en el destino dada la espantosa trayectoria en la campaña precedente, que, con la firma de Portillo y Ramírez, se eludió el desastre gracias a la pandemia.

El futuro, una vez más, se presenta incierto, con nombres envueltos entre interrogantes para inaugurar una nueva década, la del Centenario. Bien pensado, no parece complicado: Una vez se toca fondo, más abajo no se puede caer.

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