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Las aves no entienden de fronteras

Luis Zahera y Javier Gutiérrez en la película Pájaros, de Pau Durà. / FrancescSanguino
Si tuviera que elegir una frase entre todas las que nos ofrece Pájaros (Pau Durá, Alcoi, 1972) quizá sería esa. Es una frase que lanza Mario, el personaje interpretado por Luis Zahera (premio al mejor actor en el pasado Festival de Málaga). Este es el tercer largometraje de Pau Durá después de Formentera Lady (2018) y Toscana (2022), y Durá ha sabido dar un paso adelante como guionista y director (la película está coautorada con Anna M. Peiró). El cine de Durá transita poderosamente entre estas dimensiones: el amor, la familia y la amistad, si no es que son la misma cosa.
Pájaros trata de eso, cuenta la pequeña historia de mucha gente que tiene usted a su lado cada día, quizá una hermana, quizá un exmarido, quizá un amigo. Gente que se ve perdida cuando pitan el inicio de la segunda parte y duda si eligió bien el puesto en el que juega y hasta el deporte. Y es ahí donde la película cobra dimensión: esos problemas comunes, el delgado hilo sobre el que caminamos para mantenernos a flote con nuestra pareja, en nuestro trabajo, esa necesidad de huir mal consolada con vuelos de bajo coste y apartamentos turísticos. Y, cómo no, las excusas que nos ponemos para no reconsiderar nuestro rumbo. Y ahora, agiten todo ello con una buena dosis de humor.
Esa desazón común se encuentra en esta película fugazmente con las migraciones reales, la Europa de refugiados y huidos, o de los viejos migrantes, como el matrimonio argentino en esa secuencia húngara. Por eso es un acierto de Durá escoger esas resonancias de música klezmer, música que vuelve a ser compuesta por esa grata sorpresa que es Magalí Datzira.
La historia transita desde el barrio del Cabanyal de València hasta la ciudad rumana de Constanza, en una Rumanía que aún no formaba parte del espacio Schengen. Pero aquí lo más importante no son las ciudades, sino la costa mediterránea, la montaña eslovena o el extremo oriente rumano, a vuelo de dron de la zona de conflicto en Ucrania. Para contarnos esa historia, Durá ha tenido la habilidad de colocar a los actores en el personaje que quizá no tocaba en principio, por lo que obtiene una combinación ganadora que va más allá de contar con dos impecables intérpretes. Además, hay que señalar la apuesta por la actriz italiana Teresa Saponangelo, a quien pudimos ver junto al admirado Toni Servillo en É stata la mano di Dio, de Paolo Sorrentino hace no tanto. Saponangelo es el complemento ideal para el tan desnortado como enamoradizo Javier Gutiérrez.
Lo cierto es que me alegré en coincidir con público de diversas generaciones en la sala. En cuanto a su comportamiento en número de espectadores, la película ha alzado el vuelo con seguridad. Pero quizá lo mejor es que, tras verla, uno se pregunta hacía dónde levantará el vuelo este director.
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