Cada día está siendo más frecuente que las voces discrepantes del pensamiento único o de la corrección política, sean interpretadas como incitación al odio, y con un correlato de calificativos especialmente virulentos en los que se pretende excluirles del ámbito social. Esto ocurre de manera especial en los temas relacionados con la moral, desde la educación y las costumbres en el ámbito familiar y social a los debates y proyectos sociopolíticos, que en una sociedad laicista como la que tenemos en la actualidad, se visualizan de forma negativa, incluso contraproducente, todo lo que tiene que ver con la defensa de los valores cristianos.

El artículo titulado “Un Obispo convertido en pirómano”, del señor Gómez Gil, va por los derroteros que antes me refería, además de ser tan irrespetuoso como de una superficialidad rayana en la ignorancia. Muy poco conoce, el señor Gómez, al obispo Munilla. Utiliza algunos datos que sacados de contexto no representan la verdad que quiere clamar. Y éste, en el fondo, es el problema: decir la verdad sobre las personas o los hechos que se enjuician o valoran.

No necesita José Ignacio Munilla que le defienda, porque él mismo lo puede hacer con la prudencia y el respeto que le merece cualquier persona o grupo social. Pero si debo decir, porque lo conozco bien, es que si algo le caracteriza, desde muchos años antes de venir a Alicante, es su valentía en la defensa de los valores cristianos, y en la arriesgada seguridad de proclamar la libertad y la esperanza que estos valores transmiten.